Anthony, a Chile y el mundo

Recordamos paso de Anthony Bourdain por Chile luego de su trágica muerte. Un paso curioso, que dejó sus huellas

08 de Junio de 2018

Carlos Reyes M.

UNO. Anthony Bourdain avanzando con cierto aire tímido, hacia la gente agolpada en el desaparecido restaurant Emilio de Vitacura esa tarde de marzo de 2009. La expectativa por conocer al chef televisivo más importante del mundo inquietaba, sobre todo, al público femenino testigo de aquel momento. La típica ansiedad frente a cualquier estrella, de cualquier ámbito, recaía sobre un tipo larguirucho y de mirada algo perdida, decidido aquella tarde solo a sentarse y someterse sin muchas ganas, a los clichés de una conferencia de prensa tipo, una de las cientos o miles que habrá dado. Venía a contar sus experiencias en Espacio Riesco, frente a un millar de personas tanto o más ansiosas que ese grupo de periodistas y mirones. Algo parecido ocurrió en una entrevista en TVN, con un Alejandro Guillier similar en forma y fondo a un inspector de colegio más bien gris y severo. Ante las cámaras alabó el lomito, entre otras cosas. De lo dicho frente al gran público en ese momento pocos se acuerdan. De seguro un fragmento del descreído y lúcido Confesiones de un Chef, el libro con que le abrió la mente a millones respecto del qué se habla cuando se habla de cocina profesional. El desplante cautivador, la rudeza madura del cocinero-rocker curtido en mil batallas, apareció de mejor manera envasada, en TV, mostrando y mostrándose a sí mismo un Chile culinario a ratos original y sabroso pero también muchas veces fuera de foco.

DOS. Más de un año antes comenzó a prepararse aquella visita. Quien suscribe lo supo tras el correo de un cocinero, al que le encargaron ser enlace con la producción. Quien suscribe, también, se esmeró en enviarle una lista larga de posibles lugares para visitar y se olvidó del asunto, sin por eso perder las esperanzas de estar a su lado, haciendo patria inmaterial por medio de la comida, como se dice hoy. Luego apareció parte de su itinerario en la prensa: La Fuente Alemana, el Hoyo, poco más. Hubo cierto alivio: había categoría en esos lugares. La expectativa creció sobre el resto de aquel viaje, hasta que a mediados de ese año en TV y para todo el mundo, no apareció el Chile mágico y sorprendente que muchos esperaban. Más bien uno tirado para anodino. Un tipo que insistía en llamarse Raoul en vez de Raúl, lo llevó a padecer del rodeo chileno, al menos regado de vino curicano; otro le dijo que las sopaipillas eran mapuches -los pueblos originarios no conocían la fritura-, que el mote con huesillo estaba hecho de cebada; sin querer queriendo le hicieron odiar amablemente el pisco sour a la chilena, llevándolo al último lugar que un ser humano consciente podría invitar a otro a beber ese trago: el Bar la Playa de Valparaíso. En el mismo puerto creyó que el congrio frito había salido esa mañana desde la caleta, no a 500 kilómetros al sur, como pasa en los restaurantes populares en esa ciudad. Padeció Anthony, secuestrado por tipos ambiguos, deseosos de mostrar lo que ellos creían lo mejor del comer chileno, pero más bien mostrándose ellos mismos como referentes de algo que nunca fueron y nunca volvieron a ser.

TRES ¿Por qué tanto alboroto con esa vista? ¿Por qué desear que el héroe televisivo se fuera con el estómago y el corazón lleno? ¿Por qué lamentarse ante el artero secuestro snob del que fue víctima? Ese desfile de personajes esperpénticos desde lo culinario, privó de mostrarle al mundo, a través de él y su programa, algo más honesto -y de calidad- respecto de lo que somos al plato. Bueno ¿Y qué? Sucede que valía la pena que se sorprendiera un poco más allá del tamaño de los completos del Sibarítico de Viña del Mar. Quizá lo único bueno en aquel capítulo, fue demostrar que no compraba barato, por muy lejos que estuviera y muy exótico que fuera el lugar donde mostrara sus platillos típicos. Aquel verano de 2009 merecía que le ofreciéramos más, porque estuvimos frente a una estrella pionera respecto lo que debe ser un cocinero para las masas. Tras una vida tras los fogones -y no solo parecerlo-, una vez listo para mudar de vida decidió lanzarse al mundo público siendo sencillamente él mismo. Sabía lo que tenía entre manos cuando escribió “No coma antes de leer esto” y enviar el texto a la reconocida revista New Yorker en 1999. La fama mundial de Confesiones de un Chef ocurrió gracias a que supo ensuciar con clase al ambiente literario al plato, atrayedo con ello a millones hacia una nueva dimensión culinaria. Ser él mismo le llevó luego a la televisión y de nuevo a ungirse como un iniciador, esta vez del ideal de cocinero-foodie lleno de cultura, calle y mundo.

CUATRO. Al final sus demonios le alcanzaron, pero supo dejar un legado poderoso en eso de comunicar lo que significa la cocina frente a los iniciados. Invitó como pocos, a mirar el mundo con el prisma de la comida, con agudeza, erudición, también con una rara cuota de entusiasmo descreído. Esa actitud lo emparenta con el rocker clásico, otro personaje en extinción entre la diversa fauna humana de Occidente. Le llegó su hora siendo el primer gran viajero gastronómico global de este siglo. Hoy es el momento de agradecérselo.

 

PD: escribo esta nota en una Puerto Natales nevada, en uno de los viajes de Guía 100 LA CAV y en busca de los mejores rincones para comer en Chile. Imposible no acercarme, un poco, a su figura.