CRÍTICA DE RESTAURANTES. Club de Yates de Antofagasta: perdiendo oportunidades

Uno podría quedarse toda la tarde disfrutando de su entorno transformado por completo tras una inversión tan grande como sus ambiciones. Pero algo no calza si desde la cocina levan anclas de su entorno local.

Autor: Carlos Reyes M.

11 de Junio de 2019

Por imagen no se queda: un comedor amplísimo, protegido; más una terraza clarita, con mesas y sillas cómodas que invitan a quedarse mirando la costa y uno de sus muelles históricos, pieza de museo del Antofagasta más decimonónico. Uno podría quedarse toda la tarde en el entorno del Club de Yates de Antofagasta, transformado por completo tras una inversión tan grande como sus ambiciones. Pero algo no calza, si los garzones por ejemplo, entregan la carta de vinos y luego se olvidan de tomar el pedido. O que desde la cocina decidan levar anclas de su entorno culinario más directo.

Mientras por esos días, en el Mercado y en comedores cercanos brillan lapas, lenguados y otros tantos ejemplares regionales; en ese rincón de aspecto impoluto (olvidemos por un rato que cerca pasa el tren carguero que cruza la ciudad) impera el rojizo atún tropical, el salmón, reinetas extraídas 2000 kilómetros más al sur. Puntos menos. Las colas de camarones ecuatorianos son más comprensibles, lo mismo que la langosta que siempre marca estatus. Un caldillo de congrio y pesca del día, sacan un poco la cara por lo que pueda ofrecer la costa cercana.

De los platos: machas a la parmesana con solo queso, sin muchos rastros de mantequilla o vino como la receta original. Eso genera un gratinado crocante pero duro, que se pega a unas lengüitas de macha y les quita gracia, blandura y jugo. De fondo un plato de esos que brillaban en las cartas modernas de fines del siglo pasado: un Atún encostrado en quínua acompañando un risotto amarillo, quizá al azafrán, donde el punto del pescado funciona, está crudito al centro, aunque de jugos nada (ojo con la descongelación). Una buen corte de albacora fresca lo supera por mucho al gusto, aunque se entiende que lo de afuera tienda a seducir al comensal desprevenido. Eso sí, la cobertura era un grano sano pero a la vez tan arisco en boca cuando se tuesta, que no aportó en nada a una potencial sutileza. Si hubiera sido de amaranto, de granito más pequeño, otro gallo cantaba.

Muchos disfraces, muchas apariencias, en un local que encanta a la vista y que pierde la oportunidad de ser un referente culinario regional.

 

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