La guerrera dorada

Enóloga Viviana Navarrete

Autor: Ana María Barahona

21 de Abril de 2020

Cumple 13 años a cargo de viña Leyda en un par de meses y solo hace unas semanas fue distinguida por la revista Wine Enthusiast como una de las 13 enólogas más vanguardistas del mundo. Con fama de matea, de carácter, autora de algunos de los mejores blancos de Chile (sauvignon blanc, riesling, sauvignon gris) Viviana Navarrete -42 años, casada, tres hijos- disfruta de un gran momento sin olvidar sus obsesiones. “Hice mi práctica de operaria en Concha y Toro y muy al poco tiempo empezó mi servicio militar”, parte diciendo mientras descorcha un estupendo sauvignon blanc Lot 4 de la cosecha 2013.

-Y ahí empezaste a trabajar con Ignacio Recabarren...

Claro, estaba a cargo de cuidar las barricas de los blancos, donde el grueso era de Ignacio. Empecé a probar con él y terminé siendo su asistente al tercer año. Con Ignacio la anécdota son esas degustaciones eternas hasta las 11 de la noche; si había que hacer una mezcla eran 800 opciones y se probaba hasta el 000,1% y si me equivocaba eran las penas del infierno. Y estar 24/7 disponible en el teléfono para él. Yo era desde su secretaria hasta su mejor amiga. Pero en la parte profesional, lo que me queda es su increíble nivel de compromiso, de responsabilidad, sin hablar de su impresionante talento. Ignacio es un personaje, con todos sus bemoles pero me enseñó mucho y se lo agradeceré siempre. Esos años mi vida personal no existió, me dediqué a trabajar y fue una tremenda escuela.

-¿Esa escuela se ve hoy en tu día a día?

Sí. Eso no se olvida. Si no estoy contenta con una mezcla, vuelvo a la mañana siguiente a rehacerla. Esas mismas 20 mil alternativas... todo mi respeto va hacia Ignacio porque tiene que ver con buscar la perfección y también de la pasión por el trabajo. Y cariño por el vino final. No dudo que mis colegas sientan lo mismo porque pucha que es una carrera linda, pero nunca vi a nadie con la pasión de Ignacio.

-Hasta hace muy poco también pasaba que la mujer no era valorada lo suficiente en distintos ámbitos profesionales. ¿Cómo lo viviste tú en este mundo que sigue siendo fuertemente masculino?

Cuando entré me costó harto hacerme camino, y al asumir la enología de Leyda la gente estaba acostumbrada a un jefe hombre y me lo hacía notar. Y creo que todavía hoy en seminarios y degustaciones piensan más en hombres, pero creo que al final me jugó a favor. Especialmente frente a compradores o periodistas extranjeros, valoraban que fuera de las pocas mujeres dirigiendo una bodega.

-¿O sea terminaron aceptando a la jefa mujer?

Claro, porque soy muy de apañar, de abrazar, de creer en los equipos. Puedo tener la mejor uva del mundo pero si la gente que trabaja conmigo no está bien, contenta, es difícil hacer algo bien. Pero, por otro lado, me reconozco bruja, no perdono nada. Que no me toquen mis vinos, me sale el león que llevo dentro. Doy batallas personales por mis vinos y Leyda, porque a la viña la quiero como a mi cuarto hijo.

-¿Qué ha hecho que se mantenga en Leyda tantos años?

Creo en los procesos, y estoy convencida que para hacer grandes vinos hay que compenetrarse con los lugares, trayectoria y poder generarle con eso una historia al vino y aportarle más valor. Y, claro, estoy obsesionada con hacer el mejor pinot noir de Chile y no me iré de Leyda hasta que lo consiga...

-¿Lo considera un sueño no cumplido?

Estoy en deuda con el pinot noir, desde el día uno me sacó canas verdes. Cuesta, cuesta mucho, puedes jugar con el racimo completo, o tantas vasijas... ahora estoy obsesionada con conseguir más tensión, más verticalidad.

-Es decir, ¿lo has pasado mal con esos pinot que se demoraron menos tiempo en conseguir el gran reconocimiento de puntajes?

Sí, me atormenta un poco y luego como soy machaca pienso, tal vez Leyda no es el terroir excepcional para pinot noir que yo sueño, pero tengo que lograrlo igual. Ja ja ja. Y bueno, este año cumplimos 20 años y quiero celebrarlo con un pinot noir icono que ya está en su huevito, fermentando. Esas cosas me llenan el alma.

-También eres el rostro del pinot con la comunidad de los mapuches que es de San Pedro.
Síii, es un proyecto precioso que me tiene muy orgullosa. San Pedro llegó en 2014 a la comunidad Buchahueico que es donde estamos trabajando. Partieron con dos familias, y este es un proyecto donde se une la empresa privada y el gobierno. La idea es que las familias no se disgreguen, que tengan sus viñas, que puedan vivir de esto. Ellos trabajan la viña y nosotros los asesoramos junto a Pedro Izquierdo y Cristián Marchant.

-Debe ser increíble ser parte de esto...

He aprendido tanto, muy emocionante, el respeto a la tierra, a la naturaleza, el sentido de familia. Para ellos es todo. Es una comunidad súper trabajadora, ahora ya son seis familias y muchas más quieren entrar en esto. Cuidan todo como las flores de tu jardín. Necesitamos que tenga retorno financiero para que los mapuches planten más y puedan vivir de esto.