Perfil: Mauro von Siebenthal

La ley y el vino

07 de Agosto de 2018

Hace 20 años este abogado suizo llegó por primera vez a Chile de vacaciones y para visitar a un amigo, y terminó comprando la Parcela 7 en Panquehue. Hace una década dejó atrás Locarno, la bella ciudad suiza que mira al Lago Mayor y a la frontera italiana, y también abandonó su práctica del derecho. Se avecindó en Chile para dirigir en primera persona la bodega que lleva su apellido.

ENTREVISTA ALEJANDRO JIMÉNEZ S. / FOTOGRAFÍA SEBASTIÁN UTRERAS L. / PRODUCCIÓN CLAUDIA MALUENDA G.

¿Cómo fue su primera impresión de Chile?

Llegué en diciembre de 1997 y estuve en el Valle de Aconcagua que se me apareció como es de verdad: con ese contraste entre las montañas ocres, secas, y el fondo de valle con ese verde potente gracias al agua del río. Quedé bastante impresionado.

¿Y entonces pensó en el vino?

Durante años, como coleccionista, como aficionado al vino, siempre imaginé un lugar donde desarrollar mi propia viña. Era como un sueño que uno tiene pendiente. Y bueno llego a la conclusión que en Chile puedo desarrollar mi proyecto, y compré diez hectáreas en Panquehue. Ahí empezó la aventura de construir porque en ese lugar no había nada, ni siquiera electricidad.

¿Y cómo se definía ese proyecto?

Siempre estuvo basado en la búsqueda del terroir, entre el hombre y el lugar. Yo no pensaba en categoría o líneas de vinos, sino en sacar de la tierra una expresión para poner en una botella. Y ojalá, apuntarle al terroir, porque no hay milagros para transformar algo que no es. Afortunadamente, no fue posible comprar un paño entero, así que tuve que comprar diferentes parcelas, que tienen suelos diferentes, y eso fue un milagro porque de ahí salen vinos muy diferentes a pesar de ser solo 30 hectáreas en total.

¿No te has arrepentido después de 20 años?

No, en absoluto. Hoy día Chile es el lugar donde vivo, mi pareja es chilena y desde hace unos cinco años mi único hijo Matteo vive conmigo acá y me ayuda en el márketing.

¿Pero ha sido un camino duro?

Ha sido un camino muy duro porque el objetivo era muy alto, que implicaba mucho trabajo y tiempo. Más allá de la poesía, es un proyecto que tiene que sustentarse económicamente en un largo camino que hay que recorrer. Plantar una viña, construir una bodega y hacer vinos con cierto perfil es un trayecto muy, muy largo. En términos económicos es desgastante. Pero si durante diez años fueron cifras rojas, los otros diez han sido azules.

¿Cómo has visto cambiar a Chile en los vinos?

Si uno ve el relato de las grandes viñas verá cambios importantes en sus enfoques y grupos como MOVI también son responsables de esos cambios, han empujado la búsqueda de lugares inexplorados y formas de hacer vino totalmente atípicas para la escena chilena. Hace 20 años estaban más enfocados en la cepa, hoy creo que grandes, pequeños y chicos están más preocupados de la relación con su territorio.

¿Qué le parecen los puntajes altos que han obtenido los vinos chilenos?

Son más que bien merecidos, aunque lleguen con diez años de atraso. Por otro lado, es un tema complejo. No hay nada más subjetivo que los puntajes de los vinos. Nosotros lo hemos vivido en los últimos años con el cambio de degustadores para una misma publicación. Nosotros hacemos los vinos del mismo lugar, con la misma forma de vinificación, las mismas barricas, es decir, vinos muy constantes en su calidad. Cada vez que cambia el crítico hay resultados diferentes. Eso es muy contradictorio.

¿Eso cuestiona a los vinos que han sacado 100 puntos? No, para nada. Sólo digo que en ese caso, uno esperaría que al año siguiente ese vino sacara de nuevo 100 puntos, pero si cambia el crítico, no lo va a sacar. No porque el vino sea diferente o menos bueno, sino porque cambió el paladar. Eso, por ejemplo, en el caso de Robert Parker en los últimos diez años, ha sido muy notorio.

¿Qué le falta al vino chileno desde una mirada global?

Si lo vemos desde el punto de vista del consumidor, hay que ordenar un poco el equipo. Me refiero al enfoque de una viña en una región. Para el consumidor sería mucho más entendible que una viña de Leyda, por ejemplo, se preocupe de hacer vinos en Leyda y no en Puerto Montt.

¿Significa apuntar a Denominaciones de Origen?

Sí, obviamente, eso ayudaría. Pero el problema es cuando una viña quiere jugar en todas las Denominaciones de Origen. Se puede hacer, pero para el consumidor final es más confuso. También hay que ser más rigurosos en la fiscalización del tipo de uvas con que se hace el vino, para que uva no vinífera termine dentro del vino. Eso es un secreto a voces.

¿Las viñas grandes en Chile son demasiado grandes?

El problema no es que sean grandes, sino que determinen el mercado. Y ese es el gran drama de Chile porque la viña grande va a los mercados que puedan absorber volúmenes grandes. Por ejemplo, tenemos un nivel de producción de botellas muy similar al de Burdeos, pero allá hay por lo menos tres mil productores pequeños que buscan sus mercados. Entonces la dimensión del productor hace la dimensión del mercado que está buscando y obviamente los precios son castigados.

¿Chile no debería jugar en conjunto, como un mismo equipo?

Es un tema complejo. Es muy difícil imaginar que una viña grande puede compartir un problema común con alguien que produce tres mil botellas. Es por eso que nacen asociaciones de productores más pequeños.

¿Cuál será el desafío de Viña Von Siebenthal para el futuro?

Creo que lo que los americanos llaman el fine tuning. Nuestro lema es como no arruinar lo que la naturaleza te entrega; cómo subrayar lo que la naturaleza te da. Esa es nuestra pega. Transformar a nuestros vinos y al valle y nuestra zona de Panquehue en clásicos.

¿Le encontró alguna relación entre el derecho y el vino?

No, excepto que hay abogados que son grandes consumidores y coleccionistas de vinos. Como lo he sido yo durante toda mi vida.