Renán Cancino "El huaso de Sauzal"

Asesor vitivinícola de fuste, hombre de campo, defensor de los pequeños productores del Biobío, crítico del camino de la gran industria.

12 de Junio de 2017

Nació en Talca porque en Sauzal, el pueblito de sus padres a 45 kilómetros de Cauquenes, no había hospital. Estudió hasta octavo básico en esta zona rural que da nombre a sus vinos y luego volvió a Talca para cursar su Enseñanza Media en el Liceo de Hombres en régimen de internado, algo “que te obliga a ser independiente más temprano”. Llegó a la Agronomía casi por casualidad, hizo su práctica en la bodega del INIA de Cauquenes con Juan Pedro Sotomayor y su tesis con Arturo Lavín. Partió en la cooperativa Lomas de Cauquenes con Claudio Barría donde inició un camino de aprendizaje y pasión por la viticultura hasta llegar a ser uno de los más importantes asesores en la materia, especialmente de los proyectos de Marcelo Retamal en De Martino.
 

¿Cómo ves la viticultura chilena hoy?
Creo que debiéramos hacer una revisión completa porque cuando te das cuenta que en los últimos 20 años no hemos subido ni un centavo el precio promedio de venta del vino embotellado, significa que algo hemos hecho mal.
 

¿Cómo qué?
La industria ha priorizado un negocio de corto plazo. En eso hemos perdido valor como país productor. Todos los proyectos que estuvieron
llamados a darle valor al vino equivocaron el camino buscando una identidad que no tiene Chile. La búsqueda del valor ha ido por el lado de las luces y el flash y no por el fondo, la historia y la cultura.
 

¿Sería el caso del carmenère como cepa emblema?
El carmenère, el cabernet, el carignan después. Tratamos de mostrar una cara que no tenemos. Hemos tratado de disfrazarnos para decir
que somos otra cosa: más sofisticados, más franceses, más tradicionales. No lo hemos hecho bien. Cuando hemos pasado 20 años tratando de hacer chardonnay como en la Borgoña sin ganar un espacio miserable entre los mejores del mundo, entonces ese no es el camino.

Otro tema crítico es Biobío como reducto cultural del vino siempre acechado por la industria forestal...

Es una situación muy particular y una zona especial que habla de la historia de Chile porque toda la zona forestal se enclava por alguna
razón en la Cordillera de la Costa, desde la V hasta la IX regiones. Todo lo que mira hacia el secano interior es la zona que los curas franciscanos eligieron para hacer la viticultura originaria. Entre los años 1550 y 1850 en ese secano no hay ni una planta de cabernet o merlot, todo es país y moscatel. Entonces, Biobío está inserto en un lugar que hoy es la zona roja del pino, pero que llega más allá de Colchagua, todo lo que se quemó en el gigantesco incendio del verano está en el secano interior, donde está el viñedo originario chileno.

¿Pueden convivir viñas y pinos?
En un cierto nivel, sí. La industria forestal no ha obligado a nadie a arrancar viñas; sí ha comprado campos con viñas para plantar pinos, pero los productores tampoco fueron capaces de defenderlo. Hoy se ha achicado la propiedad y es difícil que las forestales se apropien de grandes campos.


¿Le crees a proyectos como Cucha Cucha o crees que es
parte de su estrategia de responsabilidad social? Eso es responsabilidad social, sin duda, no puede ser de otra forma. Arauco o el dueño no puede agarrar Cucha Cucha y plantarle pinos. Podrían haberlo hecho hace quince años. Hoy tienen que cuidarlo, arreglarlo y tenerlo bonito, porque es mejor que tenerlo botado. Pero esa no es una unidad de negocios de la forestal, así que es pura responsabilidad social.

¿Y cómo ves la relación del resto de la industria con Itata?
Hay muchos actores que le han pagado a los productores 60 pesos por el kilo de uva y los han empujado a la miseria, siendo actores de la
industria del vino, no forestales. Ellos sí son responsables directos de lo que ha pasado con ellos, año a año.
 

¿Ese fenómeno se ha mantenido incluso cuando hay cierto boom en la zona?
Siempre. Hoy cuesta la uva más cara por una coyuntura, pero el próximo año volveremos a lo mismo.

¿Te parece positivo que grandes viñas se interesen en hacer país de la zona?
Sin duda. Puede parecer una tontera, pero cada botella de vino país que Chile vende es una parra de país que no se va a arrancar. Los diez
pelagatos chicos que tratamos de hacer país no le vamos a cambiar la cara a la zona. Sería importante que Concha y Toro o San Pedro entraran en serio con un proyecto y que tomaran un millón de kilos. Serían 100 hectáreas de país que se cuidarían. Pero no sé si existe ese interés o esa intención.
 

¿No se afectaría la identidad de los pequeños productores?
Eso se va a mantener porque ellos ven las cosas de otra forma, lo hacen a su manera. En el mercado mundial la gente se da cuenta quiénes son unos y quiénes son otros. Y cada uno pelea en su área.

¿Pero ellos viven en una agricultura de subsistencia?
Lo es, pero la gente del sur tiene otra mirada de la vida: vive con menos y disfruta con menos. Puede que tengan un mejor pasar, pero no se van a transformar en empresarios ni inversionistas. Ahora, eso no va a pasar si se sigue comprando la uva de todo Chile a 60 pesos. Así no se puede hacer nada, no cubre los costos de producción, es una actitud miserable.

¿Por qué pasa eso?
La industria no cree que un país se pueda vender a 30 dólares que es el rango donde se hace volumen. No le creen a esos vinos.

¿Cómo se ve el futuro?
Duro. Me da la impresión que cada vez hay menos interés por los vinos chilenos de la medianía de la tabla.

¿Y los vinos alternativos?
Los productores pequeños que tienen identidad y que no son una réplica de los proyectos grandes en escala pequeña tienen todas las oportunidades del mundo, no sólo con país, pero con corazón, tradición y cultura. Sin identidad el camino es muy difícil.